Una alarma para arrancar la jornada, otra para recordar una cita y otra más para recordar que «hay que recordar» un evento. El dedo se desliza sin cesar por el celular para leer noticias, mandar mensajes, ver mails, informarse sobre el clima o el tránsito y reproducir videos.
Llega el final del día y el cuerpo pide dormir. Pero un episodio de una serie de Netflix se convierte en una maratón de seis horas. La pantalla brillante del teléfono se roba el sueño, uno queda presa del insomnio y otra vez vuelve a deslizar el dedo, sin parar, por el celular. Escenas (¿delicias?) de la vida cotidiana donde uno queda preso de la pantalla.
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