La robótica humanoide lleva años alimentando la misma promesa: cuanto más se parezca un robot a una persona, más útil y más natural será a nuestro lado. Por eso hemos aprendido a asociar los humanoides con cuerpos cada vez más estilizados, movimientos cada vez más realistas y una estética que busca borrar la frontera entre máquina y asistente. Sin embargo, esa carrera hacia el parecido no es la única dirección posible. En este contexto han empezado a aparecer propuestas con un objetivo distinto: diseñar robots que no intenten impresionar por su fuerza o agilidad, sino por su capacidad para resultar seguros y cercanos.
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